Me resulta imposible pensar en estos treinta y tantos años de existencia sin tropezar de forma reiterada con un sentimiento que podría denominar como indispensable a la hora de dar su justo valor a cada instante de este maravilloso regalo llamado vida: El amor. Más que contradictorio me resulta el concluir que ese sentimiento es aún un misterio… un aprendizaje que en ocasiones siento no tiene fin. Cuando me refiero al amor, no solo hago alusión a la pareja, ya que seria estupido y hasta inconsciente encerrarlo en un único capitulo…el amor nos muestra innumerables matices a lo largo de nuestra existencia y nos hace comprender que al igual que nosotros es un elemento que cambia… evoluciona. Nuestro primer contacto con él tiene como protagonista a nuestros padres, de quienes recibimos las primeras caricias y mimos, esa codificación que en principio nos resulta extraña, pero que posteriormente nos lleva a descubrir una forma de comunicación más simple, el placer. Pronto se incorporan los hermanos… abuelos y el resto de nuestros familiares. Es en ese momento en el que asumimos que aunque llegamos a este mundo en solitario es casi imposible lograr ese tan anhelado equilibrio emocional en soledad. Comienza el aprendizaje y con él se siembran en nuestro interior una serie de valores… de ingredientes que marcan de forma positiva o negativa (aunque en ocasiones no nos percatemos de ello) nuestras futuras relaciones personales. Es en ese primer núcleo donde entramos en contacto con sentimientos tales como los celos, la ternura, la exclusividad, la entrega, etc. Pronto nuestro universo comienza a ampliarse, entran nuevos actores en escena… aparecen los amigos. Esas personas con quienes nos identificamos, junto a quienes descubrimos que el sentimiento no compartido es estéril y que las calamidades no llevan tan solo nuestros nombres como encabezado. Es de esta forma como en nuestra memoria comienza a formarse una especie de álbum, donde se suceden una serie de rostros, de personas que se alojan en nuestro corazón sembrando en el momentos significativos, medidos no solo en alegría sino también en dolor, en fin… experiencias. Algunas veces esos rostros tienen sabor a despedida y a distancias sin posibilidad de retorno.

Porque la vida puede ser todo menos una línea recta… Es un debatirse entre el cielo y el infierno, entre lo bello y lo grotesco… entre la inquietud y la paz, mas por ello no deja de ser menos cautivadora. Pensemos en nuestra vida como una embarcación que se mueve sobre un océano representado por todas esas personas que ocupan un lugar en nuestro universo, entonces las olas serian nuestras emociones y respuestas en la convivencia… Mirando dentro de mi observo olas en ocasiones tan fuertes que arrasan con todo… pero existen momentos en que son tan suaves que apenas me tocan… Siempre desearemos que estas sean las únicas olas que nos toquen salvar…pero desgraciadamente no será así, porque no somos dueños del mundo y mucho menos de las emociones de quienes con nosotros conviven… pero sí hay algo que nos pertenece: nuestros cuerpos, sentimientos, deseos, sueños, anhelos y solo nosotros podremos crear ese mundo ideal donde sembrar cada una de esas nuestras pertenencias en post de una vida plena… una vida feliz. Lo importante es dominar las olas y no ser arrastrados por ellas. Tú amiga, Amaya
No solos mis oídos, también mi mente y mi corazón están a tu disposición. Si deseas escribirme puedes hacerlo a: corazon@benidomciudad.net